Esta semana mi hija cumplió 11 años, y no puedo dejar pasar este momento sin agradecer la bendición más grande de mi vida: ser mamá.
Me parece increíble que ya hayan pasado once años, de verdad que rápido pasa el tiempo. Han sido once años llenos de cambios constantes, aprendizajes, retos diarios y alegrías incalculables.
Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi, es un instante que se me grabó en el corazón, en donde supe que había nacido la personita que vino a hacer mi sueño más grande realidad.
Había llegado al mundo quien transformaría por completo mis prioridades, mis días y mi manera de ver el mundo.
Ser mamá me ha enseñado que el amor verdadero no tiene condiciones, que uno es capaz de desvelarse, preocuparse y darlo todo sin esperar nada a cambio. En estos once años he visto cómo ella crece y se transforma, pero también he descubierto versiones nuevas de mí misma, a veces más paciente, más fuerte, más sensible, otras más temerosa, preocupada, angustiada.
La maternidad no es sencilla, es un camino complejo e incierto, donde muchas veces las dudas y los miedos caminan junto al amor y la ilusión. Pero cada día trae una lección, que te impulsa a seguir.
A veces mis hijos me muestran, con sus palabras o reacciones, las cosas en las que debo trabajar como persona. Otras veces me sorprenden con su ingenio, su espontaneidad o su ternura. Y siempre me llenan de orgullo.
Hoy, aprovecho este rato mientras hago la cola del carro para recogerlos en el colegio, para reflexionar y agradecer lo que han sido estos 11 años.
Solo puedo decir que ser mamá ha sido el viaje más transformador y hermoso de mi vida. Agradezco cada etapa, cada desvelo, cada momento, cada enseñanza, porque todas, incluso las más difíciles, me han dejado algo valioso. Y sobre todo agradezco a mis hijos, porque gracias a ellos aprendí que el amor de madre es infinito, incondicional, educacional y también transformador.
Gracias por leerme
Melli








