En la vida hay conversaciones que te marcan, que son difíciles de olvidar inclusive con el pasar de los años. Esas que pueden ocurrir un día cualquiera, que pueden parecer conversaciones sin sentido, y hasta soñadoras pero te marcan de alguna manera.
En nuestro caso, fue así… Dos adolescentes soñadores, muy tarde en la noche, casi clandestinos, sentados en silencio en el patio de mi casa, pintando su destino.
Nos pasábamos horas imaginando la vida que queríamos construir juntos. Hablábamos de nuestros futuros hijos, de sus nombres, de cómo sería nuestra familia algún día. Pidiendo deseos a las estrellas fugaces que pasaban mientras dibujamos nuestra familia con un hijo y una hija.
En ese momento no teníamos idea de todo lo que vendría, en nuestro plan no había mudanzas de país, ni separaciones, ni reencuentros y mucho menos problemas de fertilidad. Aunque, curiosamente, la palabra adopción ya se asomaba en esas conversaciones, siempre nos llamó la atención el tema, pero no sabíamos que sería la clave de lo que hoy es nuestra familia.
Naturalmente después de la llegada de nuestra hija, empezaron las preguntas: ¿Van a tener otro?, ¿Y el hermanito para cuándo?, ¿Van a adoptar otra vez?, ¿Van a probar con in vitro esta vez?… y no faltaba el comentario “ya vas a ver ahora que adoptaron seguro quedas embarazada, a fulanita le paso…”
A decir verdad, no estábamos pensando en eso, ni buscándolo tampoco. Mi sueño de ser mamá ya se había cumplido, me sentía bien, feliz, entretenida con mi hija y disfrutando mi rol de mamá. Tampoco estábamos cerrados a la opción, si Dios quería mandarnos otro hijo, lo íbamos a recibir con todo el amor del mundo, pero no estábamos trabajando en eso con intención.
Creo que el primer proceso, aunque fue hermoso, me dejó un poco drenada. Me llenó de miedos, de incertidumbre. Sentía que habíamos sido tan bendecidos, que intentar otra vez se sentía como tentar un poco la suerte. No quería pasar por un proceso difícil cuando ya había conseguido la paz en mi camino de maternidad.
Hasta que, un lunes cualquiera, dos años y medio después del nacimiento de nuestra hija, mi esposo llegó de jugar fútbol, se sentó conmigo en el sofá, y me comenzó a contar una conversación que tuvo con uno de sus amigos, la cual le hizo pensar en nuestro segundo hijo.
Este amigo es hijo único, y le contó de cómo se acuerda haber deseado tener un hermano, cómo se sintió muy solo creciendo mientras veía que otros niños siempre tenían un compañero en el asiento de atrás del carro, con quien jugar, pelear… un compañero.
En medio de la conversación mi esposo me cuenta que para él su hermano es una parte vital de su vida, el mejor regalo que le dieron sus padres, y me pregunta si yo no sentía lo mismo, si no sentía que uno de los mejores regalos que me dieron mis papás fueron mis hermanos.
Y obvio me puso a pensar… Mis hermanos son parte de quien soy. No me imagino la vida sin ellos. Son mis confidentes, mis primeros amigos, los que me enseñaron a compartir, a jugar y sobre todo las únicas personas en el mundo con las que comparto a mis papas.
Esa noche no tomamos ninguna decisión, solo pusimos el tema sobre la mesa, pero algo en mí comenzó a trabajar, fue como si tenía algo dormido dentro de mi y de repente se comenzó a despertar.
Sabíamos que no queríamos pasar por un tratamiento de fertilidad. Y por mis miedos, no estaba segura si quería volver a pasar por un proceso de adopción privada doméstica. Así que me puse a investigar un poco sobre otro camino, la adopción a través del estado.
Me parecía un proceso más seguro. Según lo que yo entendía, los niños bajo custodia del gobierno ya habían pasado por un proceso legal, ya estaban separados de sus padres biológicos, y un juez ya había determinado que podían ser adoptados.
Esa idea me llamó mucho la atención. Así que comencé mi búsqueda…
Gracias por leerme
Melli








