Nuestra vida en el NICU

La vida en el centro de cuidados neonatales (NICU) era totalmente desconocida para nosotros, en realidad la vida en el hospital era algo que desconocíamos. Así que la fuimos navegando día a día. Ya para el tercer día, con la tranquilidad de tener la custodia temporal firmada, mudados parcialmente a una casa a la vuelta del hospital, con nuestro trabajo remoto organizado, ya todo empezaba a sentirse un poquito menos estresante, menos intimidante, como con más plan.

Recibimos gestos que alegraban el corazón.

Esa mañana, al llegar al hospital, una de las enfermeras nos sorprendió con un gesto que recuerdo con mucha emoción y que hasta el día de hoy tengo guardado, había dibujado a mano un cartel con el nombre de nuestra bebé. El dibujo era un castillo rosado de princesa, con su nombre escrito en letras grandes. Lo colocó sobre la incubadora y, por primera vez, sentimos una especie de pertenencia, le dio un toque de calidez a la incubadora en medio de todo aquel ambiente médico frío.

Ese mismo día, también nos entregaron dos pequeños corazones hechos de tela, uno para mi esposo y otro para mí. Nos indicaron que los debíamos llevar entre nuestra ropa durante todo el día, para que absorbieran nuestro olor. Luego los pondrían dentro de la incubadora, cerca de la bebé, para que pudiera reconocernos, olernos y sentirse acompañada, aunque no pudiéramos cargarla tanto como deseábamos, era una manera de estar presentes, de conectarnos con ella.

Aprendiendo del sistema del NICU

Nuestra hija fue asignada al nivel 3 del NICU, que corresponde a bebés que requieren cuidados intermedios. En este nivel recuerdo que habían bebés chiquititos de 24 semanas de nacidos, y otros nacidos a término completo pero requieren cuidados intensivos. La sala era oscura, y allí, el contacto con ella era mínimo, todo estaba regido por protocolos estrictos. Pero ese día, nos presentaron el kangaroo care o cuidado piel con piel.

No sabíamos que era cuando nos lo dijeron, pero si recuerdo que fue un momento profundamente sanador, justo lo que necesitábamos ese día. Colocaron a nuestra bebé sobre nuestro pecho, piel con piel, solo cubierta por una mantita. Era tan chiquita que cabía perfectamente dentro de mi sport bra. Sentir su calor, su respiración, cómo se calmaban sus latidos… como se quedó tranquilita es una sensación indescriptible. 

Nos explicaron que este tipo de contacto tenía muchísimos beneficios médicos, como ayudarla a regular su temperatura, su ritmo cardíaco, subir de peso, y disminuir el stress, lo que ellos no nos dijeron es que para nosotros también tenía beneficios, nos llenaba de una paz inmensa, era de nuestros momentos favoritos.

Verla en la incubadora, era para mí, como verla crecer en un vientre transparente. Un espacio que estaba lleno de cables, luces y monitores, pero a la misma vez lleno de vida, esperanza y amor. Un lugar donde podíamos ser testigos de su desarrollo, y de alguna forma, formar parte de él, ayudarla y cuidarla mientras terminaba de estar lista para el mundo.

Los pequeños grandes logros

Al cabo de unos días, recibimos una noticia que celebramos como si fuera el mayor de los logros: la habían movido al nivel 2. Aunque seguía en incubadora, ya tenía menos monitores, menos cables, y por primera vez ya no tendría que usar su pequeño antifaz.

En este nuevo nivel el ambiente era menos pesado, entraba más luz natural, y había un poco más de ruido cotidiano. Allí los avances se hicieron más visibles y tangibles. 

Las enfermeras empezaron a permitirnos participar en su rutina de touch time. Una rutina que se hacía cada 3 horas, que consistia en cambiarle el pañal, tomarle la temperatura, pesarla, medirle la barriguita con una cinta métrica… y tener más tiempo en kangaroo care. Ya casi al final de la estadía, incluso pudimos bañarla y vestirla.

En los intervalos entre cada touch time, nosotros aprovechamos y regresabamos a la casa trabajábamos, comíamos algo y regresábamos al siguiente touch time.

Durante ese tiempo nuestro enfoque era celebrar cada logro, verla crecer, cada vez que veíamos que subía un gramo de peso, que la temperatura estaba regulada, que subía la cantidad de mililitros de alimento, era para nosotros una celebración constante. 

Nuestra familia y amigos también fueron parte muy importante de esas semanas, tuvimos la fortuna de siempre recibir visitas, a pesar que estábamos fuera de la ciudad, todos estaban ansiosos por conocerla, y cada vez que podían se montaban en sus carros y llegaban hasta allá, algunos llegaron hasta de sorpresa… Fueron momentos hermosos e inolvidables.

El logro más difícil

El más desafiante de todos fue cuando tuvo que desarrollar la habilidad de succionar, respirar y tragar al mismo tiempo. Algo que hasta ese momento yo daba por sentado, pero que es una habilidad que los bebés desarrollan después de la semana 34 mientras están en el vientre.

Durante las primeras dos semanas la alimentaban a través de una sonda que entraba por la nariz hacia su estómago. Y a medida que pasaban los días, con mucha paciencia, comenzamos a probar con teteros, y dosis mínimas de fórmula, alternando los tiempos de alimentos para ver cómo respondía, durante este tiempo también se iba cambiando la fórmula con la idea de que subiera de peso.

Una noche decidí regresar al hospital para el touch time de la media noche. Al llegar, sentí como si estuviera reviviendo un deja vu, había varios médicos alrededor de su incubadora. Y es que esta vez, su barriguita estaba super inflamada. Los doctores sospechaban una complicación intestinal que posiblemente requeriría cirugía.

Gracias a aquella enciclopedia de bebés prematuros que había comprado la primera noche y que había estado leyendo, entendía de la condición que los médicos hablaban, y aunque mi experiencia médica se resume en ser fan de Grey ‘s Anatomy. Me basé en lo que había aprendido del libro, y de estar alimentando a mi bebe, recordé que justo ese día le habían cambiado la fórmula a una de más calorías, con la idea de que agarrara peso más rápido. 

Le planteé mi inquietud al médico, conversaron entre ellos, y decidieron volver a la fórmula anterior para las próximas 2 rondas de alimentación. Si no mejoraba, operarían a primera hora. Esa noche no regresé a la casa, me quedé sentada junto a su cunita, midiendo su barriguita y monitoreando junto con las enfermeras cada alimentación, hablándole, diciéndole lo fuerte que era y rezando que no la tuviera que operar. 

A las 6 am, recuerdo que apenas amanecía y llegó la ronda de médicos… la inflamación intestinal le había mejorado un poco, los médicos nos informaron que no sería necesaria la cirugía, que íbamos a continuar con la fórmula que le habían dado esas 2 oportunidades, pero debido a que esta tenía menos calorías el tiempo de salida del NICU podría extenderse. 

Yo traté de que dejaran a mi hermana donar leche materna. Mi hermana estaba amamantando a mi sobrino de 5 meses y se ofreció a donar leche para mi bebe, pero desafortunadamente no nos lo permitieron.

La graduación del NICU

Gracias a Dios y a mi princesa guerrera, su recuperación fue más rápida de lo anticipado y nos informaron que le darían de alta una semana antes de lo previsto.

Recuerdo ese día como si fuera ayer. Llegamos temprano al hospital con una mezcla de emociones, una alegría inmensa pero a la misma vez, el corazón acelerado y lleno de nervios. 

Las enfermeras nos entregaron una hoja con instrucciones y recomendaciones. Al despedirnos, una de ellas me dijo algo que se quedó grabado en mí: “Recuerda, tu bebé nació prematura, no es prematura. No tengas miedo, no la limites. Ya el NICU quedó atrás.”

Me lo tomé muy literal. Le agradezco profundamente esas palabras, porque sembraron en mí un nivel de confianza que necesitaba para seguir adelante.

Una de las enfermeras que más estuvo con nosotros (la misma que me consiguió una habitación la segunda noche, cuando colapsé con tantas emociones… te cuento mas de eso aquí) nos acompañó hasta el carro. Ella fue nuestro mayor soporte en ese tiempo. Al llegar al estacionamiento, entre abrazos y lágrimas, nos despedimos.

Colocamos a la bebé en su silla del carro. Recuerdo lo inmensa que se veía para ella que era tan pequeñita, tan frágil. Le pusimos unos pañales de tela a los lados como refuerzo, para que se sostuviera bien. Yo me senté en el asiento de atrás con ella. No podía dejar de mirarla. Todo mi cuerpo temblaba, un poco por la emoción, pero sobre todo por los nervios de salir a la carretera con nuestra hija recién salida del NICU.

Pero ya era oficial… Nuestro tiempo en el NICU había terminado. Tres semanas y cuatro días después de haber nacido pesando solo 3 lbs, nuestra bebé fue dada de alta con casi 6 lbs. Finalmente, podríamos regresar a casa. Nuestra bebé se había graduado del NICU.

Sentimientos silenciosos que me acompañaron

Aunque siempre traté de mantener una actitud positiva, y echada pa lante, sin saber, algo en mí había cambiado. 

Durante esos días en el NICU se desarrollaron en mí nuevos miedos que me invadieron… y también sentimientos difíciles de entender y describir. Empecé a sentir como una especie de celos hacia la mamá biológica. No podía dejar de pensar en ella, imaginar que me la encontraría en el estacionamiento del hospital, en el ascensor, incluso evitaba la cafetería… 

A veces soñaba que llegaba al hospital y la bebé no estaba. Llamaba de madrugada al hospital para chequear que todo estuviera bien. Algunos días no quería irme a dormir a casa. Me llenaba de angustia pensar que la mamá biológica cambiara de opinión. A pesar que me aseguraron que legalmente eso ya no era posible, el miedo no se fue… hasta que salimos del hospital los 3 juntos.

Recuerdo ese momento como si fuera ayer, mi esposo manejaba, yo iba sentada en el asiento trasero del carro, junto con mi bebé, callada, pensativa, y leí el letrero que anunciaba nuestra salida de la autopista, la calle de nuestra casa, y fue ahí por primera vez respire sin el nudo en la garganta, sentí como si hubiera puesto una barrera de seguridad.

Un parto emocional

Cuando llegamos a casa, sin saberlo estaba emocionalmente exhausta. Plenamente feliz, pero muy agotada. Sin poder expresarlo porque ni yo misma entendía lo que me pasaba. Me despertaba en las noches nerviosa, agarraba a la bebe y me quedaba pegada a ella, sentirla conmigo me llenaba de seguridad.

Sé que un parto físico puede durar muchísimas horas y conlleva un tipo de dolor que solo he presenciado pero no conozco, y mucho menos intento compararlo. Pero para mí, este fue mi parto: fue muy emocional, muy mental, espiritual, lleno de amor y desafíos. Esas primeras 48 horas, esas semanas en el NICU, esa montaña rusa de emociones. 

Todo eso me hizo sacar fuerzas dentro de mi que no sé de dónde salieron, pero a la misma vez me hizo esconder muy adentro sentimientos. Mientras todo esto pasaba mi sueño más grande se había hecho realidad ♥️ ️.

Sin entender qué era lo que sentía, guardé todo eso y no fue sino tres años después, cuando comenzamos un nuevo proceso de adopción, que logré comprender muchas cosas. Logre cambiar ese miedo, por amor, por agradecimiento y sanarme.

Pero esa… ya es historia para otro cafecito.

Gracias por leerme.

Melli

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