Con toda honestidad, puedo decir que nunca he sido buena esperando. La incertidumbre es de las cosas que más me inquietan; a decir verdad, el silencio me impacienta, y cuando no tengo el control… bueno, siento que me cuesta un poco respirar.
Me caracterizo por ser una persona que quiere ver resultados ya, que le gusta tomar acción y, sí, también resolverlo todo. Esperar siempre me ha parecido un poco incómodo. Y en muchos momentos de mi vida, la lección de la espera me ha costado más que cualquier otra.
Pero entonces llegó el proceso de adopción
Y trajo consigo una espera mucho más incierta, pero a la vez distinta. Una espera que, para mí, fue transformadora en muchos sentidos.
La espera comenzó mucho antes del papeleo
Algunos pueden pensar que la espera comienza cuando formalmente se inicia el proceso de adopción. Pero para mí, la espera ya vivía conmigo desde hace años. Comenzó cuando era niña y soñaba con ser mamá. Luego me acompañaba cada mes en el que esperaba con ansias que no llegara mi menstruación. Se asomaba en cada prueba de embarazo, en cada consulta médica, en cada noche sin dormir, en cada oración. Era una espera que dolía muy adentro, pero que también estaba tan llena de esperanza como de miedos.
Cuando iniciamos nuestro proceso de adopción, la espera de alguna manera se transformó. Aunque seguía presente, ya no sentía miedo, al contrario, esta espera trajo consigo un propósito más claro y enseñanzas que hoy siguen conmigo.
Aprendí a soltar un poco el control
Por más que leía y me instruía, no existía un manual para lo que estábamos viviendo. Tampoco había garantías de cuándo, ni siquiera la certeza de si al final íbamos a ser padres, o si recibiríamos esa llamada tan esperada…
En medio de todo eso, aprendí a aceptar que ya había hecho todo lo que estaba en mis manos, y que el resto ya no dependía de mí. A decir verdad, fue muy difícil esa parte, pero de alguna manera logré hacer las paces con eso.
Y fue ahí cuando esta frase se volvió mi mantra
“El tiempo de Dios es perfecto.”
Al principio la repetía como para convencerme, pero a medida que pasaban los días, el camino me demostraba que era verdad. Aunque no lo veía, todo se estaba acomodando exactamente como tenía que ser. Poco a poco, todo iba tomando su forma.
La espera me preparó para amar sin condiciones
Durante este tiempo de espera, mi corazón comenzó a expandirse. Fue algo que no se como explicar: comencé a amar desde la incertidumbre, sin rostros ni tiempos. Me la pasaba imaginando, soñando, conectándome con un bebé que aún no existía físicamente, pero que sí iba creciendo en mi corazón. Y fue ahí cuando entendí que Dios no solo estaba preparando el camino de ese bebé hacia nosotros, sino que también nos estaba preparando a nosotros para ese bebé.
Hoy agradezco que la espera fuera parte del plan
Hoy estoy agradecida por esa espera. Por las enseñanzas que trajo consigo. Agradezco que, aunque no fue fácil, me enseñó que no todo en la vida se puede acelerar. Que los milagros necesitan su tiempo. Que, a veces, el plan que uno tiene no es el mismo que Dios tiene para uno. Y aunque sea difícil, muchas veces solo hay que soltar el control para poder llegar a tu destino.
Todavía tengo mucho que aprender, pero mientras tanto quiero dar las gracias por enseñarme que la espera también es parte del plan. Gracias por mostrarme que el tiempo de Dios es perfecto. Gracias por ayudarme a entender que el amor nace desde el corazón.
Gracias por leerme.
Melli








