A decir verdad hoy me costó mucho encontrar algo que agradecer. No porque no sea consciente de lo bella que es mi vida, si no porque ha sido una semana ruda… En realidad, ha sido muy complicada la primera mitad del año. Y pensar que en enero me prometí que el 2025 sería mi año de paz mental. “Nada de estrés, me voy a tomar las cosas con calma”, dije. Pero fue como si hubiera dicho mandenme más estrés.
Supongo que así es que funciona, así es que uno aprende, con pruebas constantes.
Desde la pandemia, me di cuenta que lidiar con el estrés no es mi fuerte y cada vez se ha vuelto más difícil. Mi cuerpo empezó a reaccionar al estrés: a veces en forma de urticaria, otras como dolores musculares, los ataques de pánico también los he conocido.
Pero algo sí ha cambiado en mi, gracias a mi búsqueda de paz mental, estoy empezando a ver el estrés con otros ojos, tratando una nueva versión de mí que intenta no ignorarlo si no por el contrario aceptarlo, abrazarlo.
Estoy aprendiendo a permitirme respirar, hacer pausas, bajarle la intensidad al día a día.
A disfrutar sin culpa los momentos sencillos, como sentarme con mi taza de café en mi patio a escuchar el ruido de los carros pasar. Esos momentos de paz, simple y cotidiana, se han vuelto un refugio.
Es extraño pensar que el estrés es algo que se agradece, lo más normal es evitarlo, verlo como algo negativo. Y sí claro que cansa, que abruma, que nubla la mente.
Pero hoy, en este miércoles de agradecimiento, quiero cambiar un poco la narrativa.
Hoy le agradezco.
Porque el estrés, aunque me incomoda, me recuerda lo que realmente importa. Que si estoy estresada, es porque soy una persona muy involucrada, en mi rol de mamá, de esposa, de profesional, de mujer. Porque me gusta hacerlo bien. Porque quiero estar para todos… incluso si me agota.
A veces, por ir corriendo, el estrés me roba los momentos. Me doy cuenta después que capaz no disfruté como debía porque no me permití estar presente del todo. Pero darme cuenta de esto es parte del crecimiento, de aprender a hacer pausas, de escuchar las señales y tomarme un respiro, de poner al lado el trabajo y ponerme a hacer arepas con mis hijos, de dejar de hacer mil cosas a la vez.
El estrés me ha enseñado a pedir ayuda. A soltar la búsqueda de la perfección. A decir que no. A enfocarme en lo que suma y dejar ir lo que resta. A volver a lo básico. A buscar otros caminos.
Y si es verdad no siempre lo aplico, en el momento se me olvida, pero el estrés también me recuerda que después de la tormenta, siempre llega la calma. Que nada se resuelve preocupándose, que lo que hay es que ocuparse.
Hoy, le doy gracias.
Gracias, estrés, por mostrarme mis límites, por ayudarme a crecer.
Gracias por obligarme a volver a mí. Gracias por mostrarme que es lo que realmente importa.
Voy a seguir trabajando en abrazarlo, en buscar mis momentos y cambiar la narrativa, en encontrar la calma mental. Todavía me queda la otra mitad del año para seguir aprendiendo del estrés. Y aunque no sé si encontraré la paz perfecta que me prometí en enero, sí sé que puedo construir momentos de calma cada día.
Siempre hay un motivo para dar gracias.
Gracias por leerme
Melli








