Después que salimos del hospital con nuestra primera hija en brazos y custodia temporal de adopción firmada, las culpas no tardaron en llegar. Desde el principio, siempre estuvo en mis planes seguir trabajando a tiempo completo. Pero en silencio, y casi sin darme cuenta, los cuestionamientos empezaron a hacerse presentes. Cuestionamientos propios más que todo, yo misma en una encrucijada entre lo que quería hacer y lo que pensaba que tenía que hacer. Y bueno siempre están los comentarios de la gente…
Cuando eres mamá, la gente opina sobre todo, de los pañales, de las rutinas, de la forma en que alimentas a la bebe, etc… pero yo me tomaba más a pecho las opiniones sobre mi decisión de maternar y trabajar a la vez. Tal vez porque me costó mucho convertirme en mamá, algunos pensaban que lo más normal era quedarme en casa con la bebé. Y entonces me llegaba comentarios como:
“Tienes que aprovechar esta etapa.” “¿Y no te da cosa dejarla tan chiquita?”. “El trabajo puede esperar… la bebé no.”
Yo escuchaba, medio sonreía, pero por dentro me desconcertaban, me hacían dudar. Porque sí, yo quería estar con mi hija todo el día. Pero también quería seguir trabajando. Quería cumplir mis sueños profesionales… sin dejar de cumplir mi sueño más grande: ser su mamá.
El horario flexible… que no era tan flexible
Tuvimos la suerte de poder organizarnos con un horario dividido: mediodía en la oficina y medio día en casa. Como soy morning person, yo tomé el turno de la mañana. Me despertaba a las 5:30 a.m., le daba el tetero de las 6:00 a.m., y salía corriendo a trabajar. Al mediodía, hacíamos el cambio.
En teoría, todo parecía funcionar. Pero en la práctica… nunca me sentí 100% presente en una cosa ni en la otra.
Sí, estaba con mi bebe. Pero también con la laptop encima. Tratando de responder correos con una mano mientras con la otra le daba el tetero. Y cuando ella dormía, yo aprovechaba, no para descansar como recomiendan, sino para trabajar más. Pensaba que eso me hacía más productiva. Pero en el fondo… me consumía, me agotaba, me estaba llenando de culpa.
Recuerdo una noche en particular. Me levanté a darle el tetero y, mientras la abrazaba, me quebré por dentro. Lloré en silencio mientras ella dormía en mis brazos. Quería quedarme así toda la noche, pegada a ella, sin soltarla. Me sentía tan culpable por tener que irme, sabía que en pocas horas tenía que vestirme, salir a la oficina, poner mi cara de profesional y seguir con el día.
Yo no quería perderme nada: ni una sonrisa, ni un suspiro, ni un milestone. Tenía miedo de que, por tratar de querer hacerlo todo, me estuviera perdiendo lo más importante.
Querer ser como todas… a la vez
Y entonces vinieron las comparaciones: mi mamá, mi abuela…
Mi mamá, con tres hijos, parecía poder con todo. Recuerdo verla trabajar, verla ser exitosa, ir a su oficina y soñar con ser como ella… Y mi abuela, ama de casa impecable, que crió a cuatro hijos, siempre bien arreglada, con la comida lista cuando llegaba mi abuelo, con tiempo para sus amigas y sus hobbies.
Yo quería ser como una combinación de las dos. La profesional brillante. La mamá dedicada. La esposa presente. La amiga, y la mujer que también tenía tiempo para ella.
Pensaba que podía hacer todo eso a la vez, pero me topé con la realidad, no podía. Me tomó tiempo entender que mi mamá y mi abuela tenían ayuda. Ayuda doméstica, maestras particulares, personas que las ayudaban para que ellas pudieran estar más disponibles para sus hijos, sus esposo y sus cosas.
Yo no tenía eso. No me lo permitía, no me gustaba pedir ayuda, me daba pena que me hicieran favores, pero sin embargo, me exigía un nivel de perfección que no era posible. Quería ser una mamá presente, una profesional eficiente, esposa amorosa, tener la casa en orden… y también encontrar un ratito para mi.
Me exigía estar disponible para todo y para todos. Serlo todo. Querer tenerlo todo. Sin pausas. Sin ayuda. Sin quejarme.
La trampa de la superwoman
Con mis ganas de ser “superwoman”, me repetía: Yo puedo con esto y más.
Y creo que por eso tardé tanto en darme permiso… permiso a pedir ayuda, permiso de pausar. permiso de ser vulnerable. Permiso de estar presente en el momento… sin culpa.
No me daba chance de admitir que mientras me entregaba por completo como madre, como profesional, como esposa, había partes de mí que estaban agotadas, agobiadas, un poco olvidadas. Pero que también merecían espacio.
Incluso después de que me llegó mi segundo hijo seguía con la misma mentalidad, recuerdo que en la entrevista con la trabajadora social ella me preguntó que cómo pensaba yo manejar el tema de tener dos hijos, a mi la pregunta me pareció tan sin sentido… ¿Cuál era la diferencia? Si yo podía hacer todo con una hija, con dos era lo mismo… un poco testaruda.
Hoy, con más camino recorrido, después de pedir ayuda, de permitirme equivocarme, todavía siento que la culpa no se ha ido del todo. Sigue apareciendo sin avisar. No sé si alguna vez se valla la verdad, creo que es parte de ser mamá en estos tiempos.
Pero creo que no existe una forma “perfecta” de maternar. Aprendí que el sentido de culpa se siente menos cuando dejamos de compararnos. Cuando dejamos de querer ser como nuestras madres, como nuestras amigas, como las mamás que vemos en redes. Cuando empezamos a abrazar lo que sí somos, con lo bueno, lo difícil, lo imperfecto… es ahí cuando empezamos a encontrar nuestro propio ritmo en la maternidad.
¿Mamá al 100% o mamá profesional?
Pareciera haber dos tipos de maternidad. Están quienes creen que lo ideal es dejar de trabajar y dedicarse por completo a ser mamá. Y están quienes defienden que ser madre y profesional a la vez es la fórmula perfecta.
Yo no tengo la receta perfecta. Mucho menos todas las respuestas. Sinceramente tengo días en que quiero ser una y otros en que quiero ser otra. Pero lo que sí tengo es más compasión conmigo misma. Me doy más permiso para ser yo, sin juzgarme tanto. Tratando de encontrar un balance y no tanto ser mamá perfecta.
Pero si tú también te sientes así… Si tú también te estás sintiendo dividida, cansada o con culpa… te entiendo, no estás sola. Ser mamá, trabajar, ser pareja, ser mujer… todo eso sí es posible. Creo que el detalle esta en entender que no hay que ser todo a la misma vez. Hay que permitirnos sentir, soltar, estar presente y encontrar lo que te funciona a ti. Encontrar tu ritmo. Encontrar la mejor versión de ti en el rol que estas ejecutando en ese momento.
Gracias por leerme
Melli








