El día que conocimos a los papás biológicos

Llegó el día de nuestra segunda cita a ciegas. Nos despertamos muy temprano, nos arreglamos y dejamos a nuestra hija en el colegio antes de tomar carretera. Nos esperaban unas cuatro horas de camino hasta llegar al lugar del almuerzo. Recuerdo la ansiedad que sentía… Era literalmente como una cita a ciegas.

Mi mente no dejaba de imaginar distintos escenarios: qué iba a decir, cómo debía actuar, incluso me cuestionaba si estaba vestida acorde a la ocasión. Quería mostrarme natural, pero al mismo tiempo tenía ese nervio de pensar que cualquier gesto o palabra podía significar un cambio de opinión de los papás biológicos.

Quedamos de encontrarnos con la trabajadora social de la madre biológica en el estacionamiento. Tampoco la conocíamos. Llegamos un poco antes y nos quedamos en el carro, atentos a cada vehículo que llegaba, tratando de adivinar si eran ellos. Apenas recibimos su llamada, nos bajamos para presentarnos. Ella nos informó que los padres biológicos ya estaban adentro del restaurante esperándonos. Eso me puso aún más nerviosa, a mi no me gusta estar tarde, y de inmediato pensé: “¡qué pena, van a creer que llegamos tarde!, hubiéramos entrado porque llevábamos rato esperando afuera”.

Todavía recuerdo muy claramente la imagen de ese primer encuentro. La anfitriona del restaurante nos llevó hasta la mesa, donde ellos estaban sentados uno al lado del otro, mirando hacia la entrada. La trabajadora social hizo las presentaciones, nos saludamos y tomamos asiento. Para romper el hielo, ella hizo un comentario del momento que nos hizo soltar la risa. Se notaba que los cuatro estábamos nerviosos.

Cuando llegó la mesonera para tomar la orden, yo apenas podía concentrarme; tenía un nudo en el estómago. Frente a mí estaba esa mujer con su barriguita, llevando dentro al que posiblemente sería mi hijo. No tenía cabeza para pensar en comida, mi mente estaba en otro lado. No sé cómo describir esa sensación, estaba emocionada, pero trataba de contener mis emociones. Me repetía a mí misma que debía tener cautela, que no podía abrir del todo mi corazón por miedo a que las cosas no resultaran.

Ellos tenían varias preguntas para nosotros y compartieron cómo fue que nos eligieron. Lo que más nos sorprendió fue descubrir que la razón principal había sido nuestra hija. En nuestro perfil familiar había una foto de ella disfrazada de princesa de Disney, tomada en la cocina de casa, con mi celular, sin filtros ni poses. Una simple foto cotidiana que, sin imaginarlo, transmitió la esencia de nuestra familia.

Nos preguntaron por el sistema educativo de nuestra hija y por qué lo habíamos escogido. Ahí les conté sobre el método Montessori, sus beneficios, por qué lo habíamos elegido y cómo lo poníamos en práctica. La conversación fluyó después hacia otros temas, y nosotros a su vez aprovechamos para hacerles preguntas sobre el embarazo.

De pronto, nos sorprendieron con un regalo: un eco del bebé. Fue un detalle super especial. Y justo en ese momento ella me miró y me preguntó si me gustaría estar con ella en la sala de parto. Una pregunta tan inesperada y tan emocionante que me conmovió hasta lo más profundo. El corazón me latía muy fuerte y, sin dudarlo, le respondí que me encantaría.

El almuerzo, que había comenzado con nervios y un poco de distancia, poco a poco se fue tornando en un encuentro muy ameno. Al final, les pedimos tomarnos una foto juntos, para poder mostrársela algún día al bebé y contarle sobre ese primer encuentro. Nos abrazamos y nos despedimos.

De regreso en la carretera, íbamos mucho más tranquilos, con la ilusión de haber dado un paso tan importante. Sentíamos que las cosas estaban marchando bien. 

Los nervios habían quedado atrás y ahora nuestro enfoque estaba en acelerar la mudanza a la nueva casa, porque cada vez sentíamos más cerca la llegada del bebé. Algo en mi me decía que teníamos que apurarnos, capaz la razón era por lo que nos había pasado con el nacimiento de nuestra hija que llegó 8 semanas antes de lo previsto.

Unas semanas después, le conté a mi hermana que tenía una sensación extraña, estaba muy estresada porque no lograbamos terminar los trabajos de reparación de la casa,  yo sentía que el bebe iba a llegar en cualquier momento y no tenía nada listo, todo lo teníamos en cajas. 

Su recomendación fue que para que me quedara mas tranquila, sacara las cosas del bebe y las pusiera en una maleta junto con ropa para mi esposo y para mi, eso me haría sentir más tranquila. 

Así que eso hice… Unos días después de hacer la maleta recibimos la llamada: la mamá biológica había roto fuente.

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ESP