Unas semanas después de haber conocido a los papás biológicos, los sentimientos estaban a flor de piel, la idea de ser papás otra vez se sentía más real, más palpable. Esas semanas nos enfocamos en los arreglos de la casa nueva y en preparar la mudanza. De alguna manera sabía que la llegada del bebé estaba más cerca de lo que decían los médicos.
Recuerdo que en medio de esas últimas semanas, entre las reparaciones de la casa, el trabajo, la mudanza, ser mamá de una niña de tres años y la espera del bebé, encontré refugio en los helados de McDonald’s. Pasaba por el autoservicio, solita, pedía mi helado y en silencio lo disfrutaba. Estos helados siempre me recuerdan a mi infancia y me dan una sensación de que todo va a estar bien.
También, para sentir que estábamos un poco más preparados, le hice caso a mi hermana. En medio del caos de las cajas aparté las cosas del bebé y preparé nuestra maleta. Eso también me dio tranquilidad.
Esa semana finalmente nos mudamos. Sin cocina, sin aire acondicionado, en un colchón inflable… pero decidimos pasarnos a la nueva casa. Esa vida que llevábamos de salir del trabajo a terminar las reparaciones ya nos tenía agotados. Tenía más sentido que viviéramos ahí e ir terminando los trabajos poco a poco.
Una vez mudados entramos en rutina. Yo siempre me despierto primero que todos, y ese día no fue la excepción. A las 6:00 am ya andaba en la cocina, con mi café en mano, preparando la lonchera y el desayuno. Mi teléfono estaba en algún lugar de la casa, como siempre en modo vibración, así que no me di cuenta de que habían estado entrando llamadas.
De pronto, escuché la voz de mi esposo que salía de nuestra habitación. Pensé que estaba hablando conmigo, pero no lograba entender lo que decía, así que decidí acercarme. Eran apenas las 6:45 am, todavía no había salido el sol, y lo encuentro hablando por teléfono. En realidad, más que hablando, escuchando. Su cara era una mezcla entre dormido y confundido. Lo único que dijo fue:
“Le voy a pasar el teléfono a mi esposa.”
Me lo pasó sin decir nada, ni quién era. Empiezo a hablar y descubro que era nuestra trabajadora social. Con su voz muy dulce y pausada me saludó y me dijo:
“La mamá biológica ha roto fuente y está camino al hospital. Traten de salir lo antes posible porque ella me reiteró que quiere que la acompañes en la sala de parto. Nos vemos en el hospital.”
Mi corazón latía a mil por hora, ya entendía la cara de confusión de mi esposo. Teníamos que salir de inmediato, estábamos a cuatro horas en carro del hospital y no queríamos perdernos ese momento.
Despertamos a nuestra hija, nos terminamos de arreglar y la fuimos a llevar al colegio. A pesar de que teníamos que salir corriendo, también quería darle ese último momento de hija única. Estoy segura de que no se va a acordar, pero esa mañana la llevamos los dos al colegio. Recuerdo que a la maestra le pareció extraño vernos llevarla juntos y me dijo: “No me digas… ¿Ya viene el bebé?”. Yo no pude contener mi emoción y se me salieron las lágrimas. Creo que era una mezcla entre emoción y nostalgia, porque sabía que estaba camino a ser mamá de dos.
El camino se hizo un poco largo. El solo pensar que no íbamos a llegar a tiempo, como nos había pasado con nuestra hija, nos tenía preocupados. Llegamos directo al hospital y nos encontramos en la entrada con la trabajadora social, quien nos acompañó hasta la habitación de la mamá biológica.
Entramos a la habitación con una sensación extraña, una mezcla entre emoción y nervios. Se sentía como si hubiéramos ido a visitar a una pareja de amigos que estaba esperando a su bebé, pero al mismo tiempo nosotros también estábamos esperando al bebé. Éramos dos parejas de padres esperando con mucho amor al mismo bebé.
Pasaron un par de horas y luego entró la doctora. Hizo su respectivo chequeo de dilatación y nos confirmó que ya era hora. Mi esposo salió a esperar afuera, yo me quedé junto con los papás biológicos, la doctora y muchas enfermeras.
Los papás biológicos y la trabajadora social se habían encargado de informarles a las enfermeras y los doctores que teníamos un proceso de adopción. Por eso, cuando entraban a la habitación ya sabían quiénes éramos y nos hacían parte de la información médica pertinente al bebé.
Empezó el trabajo de parto y, desde ese momento, comencé a vivir como una especie de experiencia extracorporal. Ya había estado en el parto de mis sobrinos, por lo que me sentía familiarizada con el proceso, pero esto era diferente.
Estaba allí físicamente, pero al mismo tiempo sentía que veía todo desde arriba, como si estuviera levitando. Quería grabar en mi cabeza cada instante, pero a la vez luchaba con no entregarme del todo a mis sentimientos por miedo a un cambio de decisión.
Después de unos cuantos pujos, la doctora me dijo:
“Felicitaciones mamá, conoce a tu hijo.”
Yo no lo podía creer. Estaba literalmente sin palabras, conteniendo mis emociones. Entendía perfectamente que lo que para mí significaba felicidad plena, para los papás biológicos era un momento delicado, lleno de emoción sí, pero también difícil.
Una vez terminaron de chequear a la mamá biológica y al bebé, me informaron que mi esposo podía entrar a la habitación a conocerlo.
Y así le dimos comienzo a las 48 horas de espera, con cuatro papás llenos de amor por el bebé más hermoso.
Gracias por leerme
Melli








