Hace un poco más de dos décadas atrás, cuando tenía apenas 20 años, fui a entrevistarme para una posición en una oficina como recepcionista. Mi idea era buscar un trabajo que me permitiera estudiar pero a la vez me ayudara a pagar mi universidad y también ayudar con los gastos de la casa. Era casi una niña, con muchas ganas de aprender, de encontrar estabilidad y de marcar la diferencia.
Jamás imaginé que esa entrevista sería el comienzo de los próximos 20 años de mi carrera profesional. Pasó de ser solo un trabajo a convertirse en mi familia, mi segunda casa. Durante ese tiempo crecí mucho como persona, me formé como profesional, aprendí de cada nuevo reto y día a día di lo mejor de mi para que la compañía creciera y se expandiera.
Fueron años llenos de historias, de proyectos, de metas cumplidas, de mucho aprendizaje. Iba pasando el tiempo y yo estaba convencida que trabajaría allí hasta que llegara el día de mi jubilación. Por mi mente no pasaba la opción de otro trabajo, nunca pensé que llegaría el día de despedirme.
Pero con el tiempo, algo en mí empezó a cambiar. Tenía muchas ganas de aprender cosas nuevas, así que después de mucho pensarlo volví a la universidad para hacer mi master. Cuando la pandemia llegó, y se revolvió todo, tomé la decisión de poner en pausa el master, pero luego no lo retomé.
Las ganas de aprender algo nuevo seguían presentes, entonces decidí empezar a estudiar nuevamente, pero algo más corto, que pudiera hacer a mi ritmo y no me quitará tiempo con los niños. Logre sacar una licencia en algo diferente a mi carrera, pero que siempre me había llamado la atención, sin embargo las ganas de aprender no se saciaron.
El tiempo pasó, y me comencé a sentir como atrapada en mi rutina laboral, era como si viviera en una cajita donde estaba muy cómoda y me conocía cada esquina, pero no salía de ahí. Entonces comencé a sentir que debía ver qué más había fuera de la cajita, no fue nada fácil, en realidad fue un tiempo muy duro para mi. Un tiempo donde el miedo, la culpabilidad, y la sensación de perdedora se apoderaban de mi.
Me encontré debatiéndome entre dos angelitos: por un lado, el angelito que me recordaba la lealtad a la compañía que tanto me había dado y que aún me necesitaba y por otro, el angelito que me pedía cambio, que me decía que podía hacer otras cosas. Me sentía atrapada en esa lucha interna, me llene de ansiedad, estrés y un miedo que me oscurecía por dentro.
Durante ese proceso, mis amigos y mi familia fueron mi pilar fundamental. Ellos vieron en mí lo que yo aún no alcanzaba a ver. Al principio me costaba ver sus puntos de vista, pero sus palabras y consejos fueron dándome fuerzas para creer en mí, para confiar en que sí era capaz de reinventarme. Su fe en mí me sostuvo en los momentos más difíciles.
Y sin darme cuenta llegó el día en que supe que debía tomar acción. A pesar de que el camino era incierto, tomé la decisión de dar el primer paso, sin rumbo, con temor, pero con la certeza de que había otro camino esperando por mí. Con más preguntas que respuestas, decidí comenzar un nuevo camino.
Algunas personas me han dicho que tomar esa decisión es de valientes. Esa palabra me parece tan grande y poderosa que no sé si me atrevo a llamarme así. Pero lo que sí sé es que he aprendido a verme diferente, a tratarme con más compasión, a creer en mí de una manera nueva. A lo mejor eso es una forma de valentía.
Lo maravilloso de este pequeño comienzo es que nuevas posibilidades han aparecido, nuevas formas de verme, nuevas versiones de mi que no conocía. Empezar otra vez me ha mostrado que no estoy definida solo por lo que fui durante 20 años, sino también por lo que puedo llegar a ser. Me estoy dando libertad para equivocarme, explorar, aprender y fuerza para confiar en que si puedo.
Gracias a las circunstancias que se me han presentado entendí que comenzar otro camino no significa que perdí lo que ya hice, significa que puedo tomar todo lo que he aprendido y usarlo como base para construir algo distinto.
Han pasado apenas dos semanas desde que dejé de ir a lo que fue mi segunda casa por tantos años. Apenas estoy aprendiendo de este nuevo ritmo, re-encontrándome conmigo misma. Pero estoy apostando con todo mi corazón a ese poder de los pequeños comienzos.
Porque a pesar de que los cambios al principio asustan, son como semillas que se siembran para una nueva versión de mi. Y creo que poco a poco, con paciencia, constancia y mucha fe, terminarán floreciendo en algo mucho más grande de lo que alguna vez imagine.
Si estás leyendo esta historia y te encuentras en medio de un cambio, quiero aconsejarte que escuches a tus seres queridos, a lo que te dice tu corazón, cree en ti. Empieza por dar pasos que parecen insignificantes, atrévete a apostar por ti. Confía que esos pequeños comienzos tienen el poder de transformar tu vida.
Gracias por leerme
Melli








