El día que conocimos a nuestro hijo… y su árbol genealógico

Haber tenido la oportunidad de ver nacer a mi hijo ha sido una de las experiencias más maravillosas de mi vida. Estoy eternamente agradecida con los papás biológicos por haberme invitado a formar parte de un momento tan íntimo y especial.

Cuando lo tuve en mis brazos, todavía sentía que mi cuerpo estaba allí, pero yo levitaba de alguna forma en esa habitación del hospital. Absorbía cada detalle, cada gesto, tratando de formar parte del momento, pero sin incomodar. La verdad es que seguía siendo una invitada. 

Así le dimos comienzo a la etapa más difícil. Las 48 horas donde los papás biológicos debían tomar la decisión final, después de que el bebé ya había nacido.

Tenía la experiencia de las 48 horas de espera con mi hija (te cuento aquí sobre eso), así que intentaba tomarme las cosas con calma, aunque el miedo siempre estaba presente. Saber que ese bebé era mi hijo, pero a la vez podía no serlo, era una realidad que entendía y respetaba. Trataba de convencerme de que no me preocupaba tanto porque ya era mamá, pero en el fondo era otra historia.

Cuando mi esposo entró a la habitación, los papás biológicos lo recibieron con mucho cariño. Fue muy bonito ese tiempo que compartimos los cuatro con el bebé. Sentí que habíamos creado una especie de sociedad, donde nuestro proyecto en común era, y sigue siendo,  el bebé.

Las siguientes horas, después del nacimiento, recibimos varias visitas de la familia biológica. Cuando llegó la primera, nosotros nos despedimos para darles su espacio, pero ellos nos pidieron que nos quedáramos. Querían presentarnos a sus familiares, y que ellos también nos conocieran. Eso nos tomó por sorpresa, pero hicimos lo que nos pidieron y nos quedamos en un rincón de la habitación, siempre tratando de darles su lugar.

En una de esas visitas, mi esposo y yo empezamos a conversar en español entre nosotros. No me gusta hacerlo cuando sé que hay personas presentes que solo hablan inglés, pero pensamos que hablábamos muy bajito y que los familiares estaban concentrados en lo suyo.

De repente, una mujer nos respondió en español. Nos preguntó de dónde éramos. Sorprendidos, le dije que éramos de Venezuela, aunque yo había emigrado cuando tenía 18 años. Ella sonrió y nos contó que también era venezolana, y que, casualmente, se había mudado a Estados Unidos a la misma edad que yo. Conversamos un rato sin saber realmente quién era.

Ya casi al final de la charla nos confesó que era la madrastra del papá biológico, es decir, la abuela del bebé. Nos contó que para ella había sido muy difícil aceptar esta decisión, y que había estado luchando mucho con eso. Su hermana la había animado a ir al hospital, recordándole que Dios siempre tiene un plan y que quizás así ella encontraría paz.

Con los ojos aguados, nos dijo que se iba más tranquila después de conocernos. Que le daba paz saber que su nieto crecería no solo bilingüe, sino también con costumbres de su país de origen. En ese momento se acercó su esposo, miró a mi esposo y le preguntó si podía abrazarlo. Le dijo que confiaba en que él iba a criar al bebé con buenos principios y lo iba a ser un hombre de bien. Los cuatro no pudimos contener las lágrimas, y ellos se despidieron.

Nos quedamos en shock. Fue un momento cargado de intensidad, emoción y amor de personas que hasta ese día eran desconocidas. Como había dicho la hermana de la señora, definitivamente eso era parte del plan de Dios.

Después de un rato nos despedimos y fuimos a descansar a nuestra habitación. Me fui pensando en lo bonito e intenso que había sido el día, pero también con el corazón apretado. Esa noche iba a ser la primera noche del bebé con sus papás biológicos, y sabía perfectamente lo que eso significaba.

El día después del nacimiento fue un día para compartir con los papás biológicos, cuando entramos a la habitación estaban ellos dos con el bebe. Nos recibieron con mucho cariño. El bebé estaba dormidito en su cunita al lado de la mamá biológica.

Empezamos a conversar, les preguntamos cómo había pasado la noche y nos estuvieron contando su experiencia, como no había podido dormir casi y todo lo que estaba comiendo el bebe. Típica primera noche con un recién nacido.

Ese día de alguna manera ya no me sentía tan extraña. Estaba como más familiarizada con la dinámica, aunque seguía siendo una especie de visitante. Sin embargo, se sentía como si estuviéramos allí los cuatro papás, disfrutando de su bebé recién nacido.

Pasamos el día entrando y saliendo de la habitación, buscando también darles su espacio, pero a la misma vez queriendo estar con el bebe. Ya al final de la tarde recibimos otros visitantes. La experiencia no fue tan sentimental como la del día anterior; fue un poco más distante hacia nosotros, pero si pude ser testigo del amor que le daban al bebé.

Justo cuando llegó esa visita, nosotros decidimos retirarnos. El día había estado cargado de emociones y yo tenía mucho cansancio mental. Nos fuimos a cenar juntos, para conversar y tratar de absorber todo lo que estábamos viviendo.

Al día siguiente llegamos muy temprano, con café, donas y un regalito para los papás biológicos. Cuando íbamos a entrar a la habitación, una enfermera se nos acercó y nos dijo que nos habían asignado otra habitación… solo para nosotros.

La habitación estaba ubicada justo al lado, pero estaba vacía, no había nadie. La enfermera entró y nos dijo que en un momento vendría la trabajadora social, le dimos las donas y el café para que se lo llevara a los papás biológicos. 

No sabíamos qué estaba pasando y no entendíamos mucho, pero la habitación vacía nos hacía sentir un poco más nerviosos. Al cabo de un rato, entró la trabajadora social y, con una sonrisa muy tranquila, comenzó a explicarnos lo que iba a suceder…

Gracias por leerme

Melli

Un cafecito y algo bonito en tu inbox


Si este mensaje tocó tu corazón, tal vez también pueda tocar el corazón de alguien más. Compártelo con esa persona que sabes que lo necesita. Hay momentos en que unas palabras pueden sentirse como un abrazo. ✨

ESP