En esta casa, la adopción se habla con naturalidad

La palabra adopción es una de esas palabras que genera una gama de emociones: ternura, curiosidad, nervios, dudas, alegría, expectativa, incluso miedo. Y mientras más emociones nos remueve por dentro, más se nota por fuera. La manera en que nos sentimos con respecto a un tema, se siente cuando uno se expresa. La realidad es que la forma en que nos expresamos al final revela mucho más que las palabras mismas.

Antes de comenzar mi propio camino de adopción siempre me causó curiosidad que en los tiempos de antes, e incluso recientes, se ocultara a los niños este tema. Yo siempre tuve claro que mis hijos conocerían su historia. Pero, al principio, creía que existía “ese día”, o ese momento especial donde uno se sienta, respira profundo y explica. Algo así como un día solemne, marcado casi como un capítulo aparte.

Pero cuando comenzamos el proceso del home study y empecé a leer, a aprender, a tener conversaciones reales con profesionales del mundo de la adopción, fue que entendí que la adopción no se cuenta… se conversa. No es un evento. Es parte del vocabulario. Parte de la vida. Parte de lo cotidiano. Y para que eso sea natural para un niño, primero tiene que ser natural para los padres.

Desde el inicio del proceso empezamos a practicar. A decir la palabra adopción de forma natural, sin bajar la voz, sin apretar la garganta, sin esa sensación de “¿cómo lo digo?”. Lo último que queríamos era que nuestros hijos sintieran incomodidad alrededor de la palabra. Nuestra meta siempre ha sido simple: que nuestros hijos crezcan con una historia verdadera, sin misterios, sin rodeos, sin esa energía que hace que las cosas importantes parezcan tabúes o grandes secretos familiares.

Por eso, cuando nuestra hija llegó, cuando apenas era una bebé recién nacida, la palabra adopción ya formaba parte de nuestro vocabulario. Nos acostumbramos a hablar abiertamente en su presencia. No para explicarle (era demasiado pequeña para entender), sino para enseñarnos a nosotros mismos a decirlo con naturalidad. También para que nuestra familia, nuestros amigos y todos los que nos rodeaban entendieran que en nuestra casa adopción es una palabra segura.

A medida que ella fue creciendo, las preguntas empezaron a llegar solitas, tal como llegan las preguntas genuinas de los niños: directas, inesperadas y sin filtros. Fue ahí cuando puse en práctica un consejo que nos habían dado: responde lo que te preguntan. Ni más, ni menos. Si ella seguía indagando, yo seguía respondiendo. Si no, ahí quedaba el tema.

Cuando mis amigas empezaron a quedar embarazadas de su segundo bebé, ella me miró un día y me dijo: “Mami, ¿te acuerdas cuando yo estaba en tu barriga?”. Y yo, con la misma paz con la que habíamos decidido hablarlo siempre, le dije: “Mi vida, tú estuviste en la barriga de tu mamá biológica. Yo te llevé en mi corazón.” Ella sonreía y decía: “Ah, sí, es verdad”.

Los libros también jugaron un papel importante. Cuando su hermanito estaba por llegar, ella tenía tres años y medio, así que le regalamos un cuento de la historia de cómo nos convertimos en familia, con fotos de nosotros, adaptado a su edad. Ese libro se convirtió en uno de sus favoritos, no por la palabra “adopción”, sino porque contaba su historia, desde el amor y con naturalidad.

Y nunca faltan las conversaciones en el carro. No sé qué tiene el carro, pero es como un espacio que se presta para preguntas profundas. Ahí sale todo.

Recuerdo una mañana mientras los llevaba al colegio. Íbamos hablando sobre la importancia de las clases de español y, de repente, mi hijo, que tenía seis años, me preguntó: “Mami, ¿mis papás biológicos hablan español?” Le dije que no, y él respondió: “Ahhh, claro. Entonces por eso yo no hablo español.” Lo dijo como quien hubiera resuelto un misterio científico.

O el día que los esperaba en la cola del colegio: mi hija vino corriendo con una amiguita y me preguntó, llena de emoción: “Mami, ¿verdad que yo fui adoptada?” “Sí, mi amor.” Ella miró a su amiga, de manera triunfante: “¿Viste que es verdad?” Y se fueron corriendo como si nada, como si hubiera dicho que le gusta el helado de chocolate.

Otra tarde, mi hijo llegó del colegio y me dijo: “Mami, ¿sabías que en mi salón soy el único niño que fue adoptado? Isn’t it cool?” Para él, era un dato divertido, como quien dice que es el único que sabe hacer la vuelta canela.

La palabra adopción puede despertar muchas emociones, es verdad… pero cuando se acompaña de comunicación, claridad y amor, deja de sentirse pesada y empieza a sentirse como lo que realmente es, una parte hermosa y natural de nuestra historia familiar.

Y al final, de eso se trata todo esto, de ayudarlos a construir una identidad segura, una historia completa, sin cuentos mochos. Que sepan de dónde vienen, quiénes son, y que su historia en su totalidad es motivo de orgullo.

Creo firmemente en decirles siempre la verdad, para que crezcan seguros, confiados en su historia y así vivan confiados en ellos mismos y en su futuro.

Gracias por leerme,

Melli

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