Desde niña siempre he tenido perros, siempre han sido integrantes importantes de mi familia. Por lo que naturalmente mi esposo siempre supo que cuando tuviéramos nuestra casa, tendriamos nuestro integrante peludo. Los dos coincidimos que queríamos un perro grande, mi esposo quería un Labrador y yo un Golden Retriever.
Busque y busque, hasta que un día me tope con un anuncio en Craiglist, contactamos a la persona y sin pensarlo mucho manejamos una hora para buscarla. Recuerdo que cuando llegamos había 12 cachorritos en un corral, que difícil era escoger pero ella era la más gordita y no podía caminar, como pudo se nos acercó y ahí nos robó el corazón.
Así llegó Nala, tenía apenas cuatro semanas, una bolita de pelos, con una ternura única. Desde ese día, Nala se convirtió en mi compañera fiel.
Ya han pasado once años, ya camina con más calma, su hocico está pintado con canas, pero su esencia sigue intacta. Cuando estamos tristes, es la primera en sentarse a nuestro lado, montando su hocico en nuestras piernas, como si supiera exactamente lo qué necesitamos. Siempre recordándonos que no estamos solos.
Nala ha hecho que nuestra vida sea mucho más plena. La historia de nuestra familia no se podría contar sin Nala, porque en cada capítulo ella ha estado ahí, con su nobleza, con su alegría, con esa dulzura que la hace única.
Hoy en este miércoles de agradecimiento quiero dar gracias por Nala. Por los once años de alegría que nos ha dado. Por acompañarnos en las buenas y en las malas. Por esperarnos siempre paciente y recibirnos con esos movimientos de cola que parecen incontrolables. Por esperarme cada mañana para acompañarme a despertar a los niños, y darles amor sin medida.
Gracias, Nala, por ser mi compañera fiel. Por enseñarme el verdadero amor incondicional. Por recordarme que la gratitud también se puede aprender de quienes no hablan con palabras, pero sí con gestos, miradas y compañía. 🐾
Gracias por leerme
Melli








